Se había echo el silencio más absoluto y noté cómo la sangre bullía en mi interior. Quizá el echo de no ver las expresiones de desconcierto o de sorpresa o de decepción de los allí reunidos, me daba un aspecto inexplicablemente sereno y de control de la situación porque yo no exteriorizaba la vergüenza como una persona normal. Aquello jugó a mi favor y me dio algo más de seguridad; aunque juraría que la había perdido casi por completo.
Mi mente trabajaba sin descanso para encontrar las palabras adecuadas para un saludo inicial propio de una princesa, pero no me sentía como tal en aquel preciso momento. Es más, me gustaría que me hubiera tragado la tierra. Sin embargo, nada de eso sucedió porque no oí que el suelo se resquebrajara y no fui capaz de articular palabra. Entonces oí el frufrú de una capa que ondeaba a medida que su propietario se acercaba a mí.
- Bienvenida, niña mía.- El corazón se me paró en seco. No sabía cómo reaccionar.
- Tío Albert.- Conseguí decir aunque se me había secado la garganta.
- Siento no haberte dicho nada antes Julia. ¿Has sufrido mucho durante el viaje?- me preguntó con un deje de preocupación en la voz.
- ¿Tú eres el Gran Térbal del que tanto he oído hablar? ¿¿Tú??- la decepción y algo de resentimiento aparecieron en mi voz, que empezaba a temblarme peligrosamente. Sentí su severa mirada fija en mi rostro. Estaba intentando elegir las palabras más apropiadas para reprocharle el que me lo hubiera ocultado hasta este momento, cuando atrapó dulcemente mi mano entre las suyas y sacando de su interior una voz autoritaria que nunca había oído antes en él dijo:
- Hermanos, concedámonos unos minutos de descanso para proseguir después la Asamblea.
-ASÍ SEA- respondieron todos los allí presentes al unísono con voz firme.
Mi tío me condujo suavemente hacia una puerta de roble de grandes dimensiones, hecho que pude distinguir porque era realmente pesada y porque hacía un gran estruendo al abrirse. Nada más cruzarla una suave brisa acarició mi rostro y los intensos rayos de sol me hacían daño en los ojos.
- ¿Dónde estamos?- pregunté llevándome una mano a los ojos para evitar el sol.
- Este es mi rincón favorito, Julia. El refugio al que sólo yo puedo acceder. El lugar más tranquilo en el que puedo reflexionar a cerca de todo lo que está ocurriendo.- Mientras hablaba me condujo hacia un banco de piedra y me indicó que me sentara. Obedecí aunque en aquellos momentos no me sentía demasiado dispuesta a acatar órdenes de nadie y menos de aquel ser que me había mentido toda mi vida. ¿Por qué lo había hecho? ¿No hubiera sido más fácil decirme toda la verdad desde un principio y evitarse la molestia de andar guardando secretos todo el tiempo? Sin duda allí había una razón y estaba dispuesta a escucharla si es que él quería dármela. El viejo pareció adivinar mis pensamientos y las preguntas que más me angustiaban y suspiró antes de comenzar a hablar con una voz cansada y realmente sincera.
- Mi niña, sé que te he hecho mucho daño. Pero sólo quiero que sepas que nunca fue mi intención; sólo quería mantenerte a salvo de tu verdadera identidad. Me daba miedo que terminaras igual que tus padres.
-¿Qué quieres decir con eso?- pregunté extrañada pero con una enorme curiosidad. Sabía que había llegado el momento en el que me diría esa verdad que yo tanto anhelaba. Quise dominar la expresión de mi rostro esforzándome porque pareciera lo más seria posible; pues quería exigirle el porqué de su comportamiento durante todo este tiempo.
-Tus padres no murieron en un accidente de coche. Fueron asesinados.
Intenté decir algo pero no llegué a articular ningún sonido. Noté cómo huía la sangre de mi rostro.
- Tus padres eran los Señores de esta hermosa y próspera ciudad, Julia. Arnias los mandó asesinar, creyendo que matándoles tendría en su poder el Símbolo del Aire.
- Pero no lo consiguió, ¿verdad?
- No. Pero eso es lo que está buscando y no parará hasta encontrarte.
La frustración se apoderó de mí.
- El muy necio de Arnias cree que yo he dejado en tu poder el último símbolo.
- ¿Y no es así?
- No del todo. Verás, mi niña, es una historia muy larga que estoy más que dispuesto a contarte sólo si tú también lo estás.
Asentí con la cabeza.
- Julia, tu madre era mi hermana y la quise más que a nadie en este mundo.- Su voz sonó débil y cansada de nuevo-. Crecimos juntos en una de las granjas a las afueras de Ciudad del Muro. Para mí, era la niña más dulce, más inteligente y más bella del Reino. Era la viva imagen de nuestra madre, siempre con una sonrisa en los labios dispuesta a ayudar a quien la necesitara. Fue creciendo y se convirtió en una jovencita adorable. Despertaba pasiones allá por donde pisaba. Nadie quedaba indiferente a su presencia. Sin embargo, cuando nuestros padres murieron en un incendio en el establo, la sonrisa que tan a menudo asomaba a su cara era cada vez menos frecuente. Yo intenté protegerla y hacerla feliz; por eso aprendí el arte de la magia, para el que yo tenía ciertas cualidades innegables. Pero esa es otra historia. El caso es que conseguí que poco a poco fuera recuperando su sonrisa. Creo que lo hacía más por mí que por ella misma; pero eso es algo que nunca llegaré a saber. Después de un tiempo, la animé a que saliera de la aldea. Así, cada vez que teníamos un respiro en las tareas de la granja, nos contábamos historias e íbamos a correr aventuras por los bosques. Recuerdo que una vez llegamos hasta las cascadas de Waterfall y yo no me atrevía a ir más allá, a pesar de ser el mayor; sin embargo, ella se lanzó y tiró de mí. Cuando llegamos al pasadizo encontramos a un joven algo desgarbado que resultó ser el Príncipe de Ciudad del Muro y Señor cuando se desposara. En sus manos estaría el Símbolo del Aire, una ayuda poderosa en tiempos difíciles. No sé si Oak ya te ha puesto en antecedentes con la historia de Lux.

Asentí recordando la historia que Oak me había relatado poco antes de llegar a aquella ciudad.
- Ya veo que sí. Desconozco qué hechizo realizó sobre ella pero desde aquel momento no se separaron jamás. Al principio, yo estaba un poco celoso; porque ya no era el único hombre de su vida; pero al final, me acostumbré porque ella nunca me negó su amor. Dos años antes de la boda yo me fui a Riknor para seguir estudiando magia y durante ese tiempo conocí a grandes magos y aprendí mucho; pero no soportaba estar lejos de mi hermana. Sin embargo, intenté hacerme a la idea de que ella tenía que vivir su vida y yo la mía y que no iba a poder estar con ella eternamente. Así que intenté alejarla de mis pensamientos y me dediqué exclusivamente a mi magia. Por entonces conocí al Gran Arnias, que me acogió como aprendiz y me enseñó todo lo que sabía con el fin de que pudiera seguir sus pasos. Trabajé muy duro con él. Las historias del reino no me eran desconocidas pero las desoí ya que mi único deseo era aumentar mi poder. Recuerdo que siempre andaba ocupado en su sala de estudio estudiando transformaciones y preparando extrañas mezclas que le permitieran alargar la vida. Yo no compartía sus ideas pero con él tenía mi futuro asegurado; así que nunca puse objeciones a sus obsesiones. Sin embargo, una noche de intensas lluvias salió sin darme ninguna explicación y a su regreso trajo consigo a un joven llamado Yenco. Éste tendría dieciséis años y andaba en busca de alguien que le ayudara a reclamar lo que podría sacarle de aquella vida de aldeano. Estaba desnutrido y empapado y Arnias me mandó cuidarlo prohibiéndome hacer preguntas. A partir de ese momento, Arnias se volvió mucho más huraño y trató de evitarme por todos los medios. Se llevaba al niño a su estudio y pasaba con él largas horas. Cada vez que me encontraba a Yenco en el pasillo, lo veía ojeroso y extremadamente violento. Yo empecé a sospechar que el viejo tramaba algo pero no logré descifrar sus pensamientos. La vida en aquel cuchitril que tenía por cuarto empezaba a aburrirme y fue entonces cuando descubrí en uno de los muchos libros del anciano la manera de comunicarme con mi hermana, tu madre. Con mucha práctica y el paso del tiempo aprendí a transformarme en distintos seres, sin que Arnias supiera nada, y decidí que transformándome en águila podría ir a verla tan a menudo como quisiera. Una noche llevé a cabo mi transformación y abandoné Riknor con rumbo a Ciudad del Muro. Una vez aquí, no me fue difícil encontrar a tu madre, Julia. Ella apenas me reconoció pues había cambiado muchísimo y al ver mi aspecto descuidado, me llevó al castillo que sería su nuevo hogar, y me procuró todo lo necesario para que yo me repusiera. Pasamos la noche contándonos viejas historias y cuando empezó a asomar el Sol por el horizonte, le dije que si no regresaba a tiempo mi maestro me castigaría severamente. La pena nos sobrevino a los dos al instante, pero le prometí que volvería a verla. Entonces ella me agarró con fuerza las manos como evitando que algo nos separara y me dijo que se casaría al cabo de siete días. Yo intenté parecer alegre pues a ella se la veía radiante pero comprendí que ella quería que yo estuviera a su lado a partir de aquel momento y que no quería perderme.
Cuando regresé con Arnias le encontré muy desmejorado y parecía haber envejecido cien años. Estaba consumido y en ocasiones, cuchicheaba con el niño que le seguía a todas partes. En mis ratos libres, diseñé un colgante con la forma del águila en que yo me transformaba. De esa manera, mi hermana siempre se podría comunicar conmigo y yo iría a verla tan rápido como me permitieran las alas. El día de su boda intenté engañar a Arnias aprovechando lo ocupado que estaba en sus cosas con el joven Yenco, para ir a la celebración diciéndole que necesitaba tomarme unos días de descanso y que así aprovecharía para comprar la esencia de Macrior que él necesitaba. El mago apenas me prestó atención y como no opuso ninguna objeción a mi marcha, aproveché la noche anterior al enlace oficial para transformarme e ir a Ciudad del Muro. La celebración fue a la mañana siguiente y al verme allí tu madre corrió a mis brazos y me agradeció con emoción contenida el haberme escapado. Así se convirtieron en los Señores de la Ciudad del Muro y en portadores y guardianes de la Luz del Reino. Después celebraron una Asamblea y me nombraron Mago Consejero de la Ciudad. Aquello me entusiasmó porque podría estar a su lado y protegerla; pues era lo más preciado que tenía. Por eso, hice un último viaje a Riknor para dimitir de mi papel de aprendiz con Arnias; pero éste no estaba allí. Me transformé en águila para ver si podía localizarle; pues nunca me había gustado dejar las cosas a medias. Surqué el cielo de Riknor sin encontrar ni un sólo rastro de mi maestro y me temí lo peor. Pero mis temores no duraron mucho; ya que lo encontré cabalgando a lomos de su viejo caballo y con Yenco a su lado. Les seguí procurando pasar inadvertido, pues de alguna manera presentía que mi maestro sabía más de mí de lo que yo sabía de él, y al cabo de unos minutos, después de que empezara de nuevo a llover –como solía ocurrir tan a menudo por aquel territorio siniestro- llegamos al pie de una montaña en el que había excavada una gruta. Allí les esperaban unas decenas de guerreros envueltos en siniestras vestiduras. La densa capa de agua me impedía ver con claridad lo que estaba pasando allá abajo pero pude oír cómo voceaban el nombre de Arnias. Cogieron las riendas del caballo y se adentraron con el viejo y el niño en la gruta para resguardarse de la lluvia. No me gustaba nada aquella situación así que decidí bajar a investigar pasado un rato prudencial. Descendí planeando hasta llegar a una zona de densos matorrales y allí me transformé de nuevo; pero no en humano sino en murciélago. De esa forma podría atravesar la gruta sin problemas y escuchar las conversaciones sin necesidad de acercarme demasiado a mis objetivos. Así lo hice. Me adentré sin dificultad en aquel túnel excavado en la piedra y me asombré al ver que después de unos pocos minutos revoloteando, la cueva daba paso a un túnel bastante bien iluminado por antorchas que arrojaban su luz a las paredes llenas de símbolos e inscripciones en un lenguaje arcano. El túnel se me hizo eterno pero al fin, logré vislumbrar la salida. Sin embargo, la luminosidad que me indicaba la salida no procedía del Sol; sino de una cámara de enormes proporciones extrañamente iluminada. Observé que el grupo de guerreros se había colocado en semicírculo alrededor de Arnias y Yenco que se situaban en el centro dejando a sus espaldas una especie de altar. Comenzó a hablar el que hasta entonces había sido mi maestro con una voz enérgica a la que me tenía muy poco acostumbrado. Y dijo con estas mismas palabras: “Por fin he encontrado a vuestro Rey. Éste joven es Yenco, último descendiente vivo de Rodgorod. Es un chico muy listo y en tan sólo unos meses ha aprendido todo lo que debía saber. No dudo de su capacidad para guiaros. He estudiado meticulosamente un nuevo plan para hacernos con los Símbolos que nos permitirán reinar Lux a nuestro antojo durante la eternidad. Esta vez no fallaremos. Además, seguro que os complace saber que no estamos solos. He conseguido arrebatarle a un digno contrincante el símbolo del Fuego. Ahora los dragones y los rockers están a mi servicio. La hora se acerca. Me gustaría que Térbal se hubiera unido a mí pero parece ser que mi fiel discípulo se ha decidido por el bando equivocado. Además, ha cometido la estupidez de pensar que no conozco sus planes y que nos ha seguido hasta aquí. Así que creo que lo mejor es que nos preparemos para la marcha. Por cierto, dejadle marchar para que les cuente mi magnífico plan a los Señores de Ciudad del Muro. Esto se pone interesante y aún será más épica nuestra hazaña, ¿verdad joven alumno?”.
Ya no pude oír nada más porque me limité a huir de allí; aunque la carcajada de Arnias me acompañó hasta muchos días después. Podía haberme enfrentado a todos ellos pero habría sido un craso error. Además, los poderes de mi maestro superaban con creces los míos y yo no me podía permitir el no avisar a mi hermana; pues su vida y el futuro de todo el Reino estaban en serio peligro. Así que, como conocía bastante bien la arrogancia de Arnias y sus ansias de mostrar su poder al mundo entero, supe que no me perseguiría y que incluso me daría un tiempo de tregua para que avisase a Ciudad del Muro. Y así lo hice. No se me ocurrió ningún plan brillante. Sabía que tarde o temprano me tendría que enfrentar a él y que uno de los dos moriría. Con Arnias nunca había una segunda oportunidad.
Así que volé hasta Ciudad del Muro y convoqué una Asamblea para darles la terrible noticia. Tu padre, Julia, el Señor de la Ciudad, determinó que lo mejor para ti sería sacarte del Reino de Lux hasta que terminara todo aquello y para ello nos eligió al joven Tánter y a mí. Sí Julia, Tánter siempre ha estado a tu lado desde que naciste; al igual que yo. Aunque acordamos que no se podría dar a conocer hasta llegado el momento de que yo te hablara de tu verdadera identidad. Verás, él es elfo y su existencia sería problemática tanto para él como para ti. Así que siempre se mantuvo en un segundo plano. Pero no sólo tuvimos que protegerte a ti sino también al Símbolo. En efecto, el colgante. Tu madre pensó que el verdadero símbolo estaría a salvo contigo si transfiriésemos sus poderes al colgante pues Arnias todavía no sabía de tu existencia. De esa manera, adquiría poderes asombrosos que con el tiempo aprenderías a dominar. Con la mayor diligencia y discreción te trasladé al mundo Humano donde el tiempo transcurre a una velocidad exagerada; mediante el canal que abrió el Primer Señor de Lux. Y allí viviste a salvo durante dieciséis años, hasta que Arnias consiguió dar con nuestro escondite. Aún me preguntó a quién persuadiría para hacerse con esa información.
Sé que te asolan muchas dudas Julia; pero has de saber que, el primer verano que pasaste conmigo fue un período de intensa paz en el que tus padres hicieron todo lo posible por mantenerte a salvo. Sin embargo, pocos años después se produjo la tan temida guerra entre Riknor y Ciudad del Muro y sus respectivos aliados en un territorio que ahora está dominado por los aliados de Riknor a los que los supervivientes de aquella desoladora guerra llaman la Huestes de la Oscuridad. Arnias penetró en Ciudad del Muro y mató a tus padres sin conseguir dar con el Símbolo. Tus padres fueron unos auténticos héroes. Esperemos que su esfuerzo no fuera en vano.
La voz de mi tío se quebró.
- Así que, como ves Julia, ésta es nuestra historia. Y tú, mi niña, eres la Heredera de esta bella ciudad.
El relato me había dejado sin aliento y no encontraba las palabras adecuadas para expresar todo el cúmulo de sensaciones que se estaban apoderando de mí.
- No es necesario que digas nada. Sólo quiero que sepas que siento mucho haberte puesto en peligro y no haber estado a tu lado cuando más me necesitabas. Te mereces lo mejor, pero esto es todo lo que soy capaz de darte.
Su voz sonaba profundamente apenada y quería perdonarle por todo lo que me había hecho pasar; sin embargo, no fui capaz de decir nada más que:
- Creo que necesito descansar un rato. Ahora no me siento persona.
- Descansa pues. Hoy ha sido un día lleno de respuestas que tienes que asimilar. ¡Llevad a la princesa a su cuarto y acatad todas sus órdenes!
A partir de ese momento no fui consciente de nada. Sólo recuerdo que me tiré en la cama y me quedé dormida al instante.
۞
Me desperté sobresaltada en mitad de la noche. Había vuelto a tener aquella horrible pesadilla y estaba envuelta en sudor frío. Necesitaba relajarme y pensar con claridad. Era consciente de que debía reflexionar sobre la conversación del día anterior y todo lo que me estaba ocurriendo. Me tumbé y cerré los ojos. En cierto modo, todo encajaba. La muerte de mis padres, mi ceguera, mi colgante, este reino escondido… Pero, eran demasiadas cosas para mí. Y yo tan sólo era una adolescente sin la más remota idea de cómo gobernar una ciudad, o de cómo empuñar un arma… No podía comprender cómo podían estar tan empeñados en que yo les fuera de alguna utilidad. ¡Era totalmente absurdo! No sabía descifrar mi propio destino, ni tenía el valor suficiente como para luchar, además de que parecía que todo el mundo se había olvidado de un detalle insignificante: mi ceguera. ¿Cómo podían esperar algo de mí? Estaba tan confusa que empecé a llorar. Pero de repente me di cuenta de que no era capaz de soltar ninguna lágrima. Estaba cansada de tanto llorar. Y eso me sorprendió, porque de alguna manera sabía que ya había llorado demasiado a lo largo de mi corta vida, y que ahora tenía la oportunidad de ser alguien, de mostrar mi valor por muy escondido que lo tuviera y de enseñarle al mundo lo que yo: Julia Evans y Danna Dama de las Águilas era capaz de hacer. Había todo un reino que me necesitaba y yo era su princesa. Tenía que hacer algo. Tenía que dejar de lamentarme y ponerme en marcha. No quería decepcionarles. Pero tampoco quería decepcionarme a mí misma. Así que de repente supe lo que tenía que hacer. Me incorporé enérgicamente, me hice con todo el valor que había mantenido oculto hasta entonces, despegué los párpados, me coloqué la sábana sobre los hombros, pues hacía frío, cogí mi bastón y salí de la habitación. Iría a ver a mi tío. Necesitaba decirle algo urgentemente. Intenté recordar el camino que había seguido cuando me llevaron a mi habitación desde su rincón favorito para hacerlo a la inversa, pues de algún modo sabía que lo encontraría allí, meditando sobre todo lo que me había dicho. Me alegré enormemente al descubrir que había llegado a donde me había propuesto. Era como si después de unas cuantas horas ya me conociera al dedillo la localización de cada una de las salas de aquel impresionante y seguramente bello palacio. De repente, me sentía más segura de mí misma y sin vacilar dirigí mis manos hacia la puerta de roble. Unas voces que provenían de una sala no muy lejana del lugar en el que me encontraba me cogieron por sorpresa e inmediatamente retiré las manos de la rugosa superficie de madera. Me dirigí hacia el origen de aquellas voces tan familiares.
- ¡Cuantas veces tengo que decirte que no puedes hacerle esto a Danna!- la voz de mi tío sonaba más desesperada que enfadada.- No puedes hacerte una idea de todo lo que ha sufrido por ti. ¿Qué pasará cuando llegue el momento? ¿Qué piensas decirle?
- Aún no lo he pensado pero no puedo seguir así. Llevo muchos años engañándome y he decidido…
- ¿Qué has decidido? ¿Decirle que siempre la has querido, que siempre la has pertenecido, que nunca la dejarás? Ya ha sufrido bastante Tánter, no merece que…
- ¿El qué? ¿Que le diga la verdad?
- Exacto.
- Creía que la protegías y la mentira no es el mejor método. Llevo toda mi vida evitando decirle lo que siento por ella porque tú me lo pediste; y te puedo asegurar que es lo que más me duele de todo esto. Con o sin tu consentimiento voy a hablar con ella.
Mi tío pareció dar por zanjada la conversación y oí cómo se acercaba peligrosamente presuroso a la puerta de la sala a la que yo había pegado la oreja sin ser del todo consciente de las posibles consecuencias que podría acarrear. Por suerte, reaccioné a tiempo y logré alejarme lo suficientemente rápido como para evitar encontrarme con él.
Cuando llegué a un lugar seguro traté de asimilar toda aquella información y no pude evitar sentir una gran cantidad de sentimientos confusos que me nublaban la mente. Traté de ordenar todos mis recuerdos para irlos recomponiendo como si de un rompecabezas se tratara. Entonces entendí muchas cosas. Lo único que logré articular fue:
- John.., Tánter.
No podía creer que no hubiese reconocido a mi amigo. No podía creer haber estado tan ciega cuando lo había tenido tan cerca. ¿Qué transformación había sufrido en tan sólo unas horas?
- ¡Julia!- la voz de mi tío me sorprendió por detrás. Me giré sobre mis talones -¿Qué haces?
- Pensé que te encontraría por aquí.- respondí serenamente, aunque me sentía un poco mal al haberme fallado la intuición.
- Lo sé. Sabía que vendrías. Aún no estás del todo completa.
Sabía a qué se refería y sonreí. Había llegado el momento.
- ¿Me ayudarás, verdad?
- Claro que sí princesa. Dame la mano.
Me cogió la mano con extraordinaria dulzura y pude entrever en aquel gesto una nueva petición de perdón.
- Tío, no tengo que perdonarte nada. Siempre has querido lo mejor para mí y para mis padres. La que debe disculparse soy yo.
Mi tío me apretó contra su túnica de terciopelo y supe que al fin habíamos logrado dejar de lado nuestro orgullo y volvíamos a respirar a gusto en presencia del otro.
- Ven, conmigo. Te voy a enseñar lo que a partir de ahora va a ser tu nuevo hogar aunque siempre has estado de algún modo relacionada con él. ¿Te acuerdas de las historias que te contaba cuando eras pequeña?
- ¡Claro que me acuerdo! Eras realmente bueno.- dije recordando aquellos tiempos.
- ¿Pero todavía no has caído?- preguntó divertido.
- ¿En qué?- exclamé confusa.
- No eran cuentos inventados - Al decirlo pareció haber perdido la sonrisa en su voz.
- Ya, ya - me reí.
- Te lo enseñaré.
Juntos recorrimos aquellos corredores interminables y al fin llegamos a una puerta que daba al exterior. Sentía la mano de mi tío agarrar firmemente la mía y de nuevo me sentí como aquella niña de seis años que disfrutaba con las fantásticas historias que su querido tío le contaba.
- Me gustaría que hubieses podido conocer estas tierras tan bien como yo. Créeme. Hay muchas cosas de las que me arrepiento y ésta es una de ellas. Sobre todo te hubiera gustado conocer el Clan de los Osos del Destierro.
- ¿Aquellos que viajaron sin descanso durante siete días y siete noches por el Páramo para reclamar su derecho a convivir con los Osos Parlanchines que los desterraron por no saber hablar?- recordar aquello me hizo una enorme ilusión y me pareció imposible que en aquel tiempo oscuro todavía hubiera cabida para la alegre nostalgia que produce el recuerdo de los buenos momentos.
- ¡Los mismos! Qué tiempos aquellos en los que anécdotas como éstas eran lo único que preocupaba a los habitantes de Lux.
- ¡Y también estaban los Enanos de las Montañas que excavaron para los Osos del Destierro un túnel que atravesaba la Cordillera de la Frontera!- seguí animada.
- Siempre les estuvieron en deuda después de aquello.- Mi tío se rió y yo me uní a él. Así estuvimos recordando viejas historias mientras la suave brisa de aquel lugar se introducía en mis pulmones dotándolos de una nueva energía.
- Creo que por ahora es suficiente. Queda poco para el amanecer y necesitas descansar. Pero antes…- Hice como que le miraba de hito en hito. Y él se rió. Hacía tanto tiempo que no le veía tan radiante que por no estropearle el momento le seguí.
- ¿Qué me vas a enseñar?- le inquirí.
- Es una sorpresa pero sé que te va a hacer más ilusión si te lo enseña él.- Aquel tono misterioso no me pasó inadvertido.
- ¿Él?
Supuse que volvíamos al castillo porque de nuevo el sonido chirriante de las enormes puertas de roble nos dio la bienvenida a aquella fortaleza. Entonces sumida en mis pensamientos oí cómo sus nudillos golpeaban una puerta.
- Te estaba esperando Térbal.- la voz se iba acercando cada vez más a la puerta hasta que por fin se abrió- Pensé que no vendríais.
- Vaya, vaya. Veo que la sanadora elfa ha hecho un buen trabajo, Tánter.
- Sin duda.- dijo él y yo no pude evitar descifrar la tensión que se había creado entre ellos. Hubo un momento de intenso silencio en el que apostaría lo que fuera por decir que se intercambiaron una mirada demasiado significativa entre ellos. No supe qué decir y noté cómo se me tensaban los músculos; así que decidí que morderme el labio me mantendría ocupada y después de unos segundos, que a mí me parecieron eternos, dije como quitándole importancia al asunto:
- Bueno, ¿qué es eso que me ibais a enseñar, tío?
- Mira, Julia yo tengo que volver a reunirme con los demás consejeros. Aún quedan muchos asuntos pendientes así que te voy a dejar con Tánter. Él se conoce tan bien como yo estas tierras así que… Sí, lo mejor es que me vaya. Ten cuidado con lo que haces. – Aquello no iba para mí. Me dio un beso en la frente y me dejó allí plantada.
- Bueno… - intenté decidir pero de pronto me quedé sin palabras. Tánter estaba allí junto a mí y yo no sabía cómo reaccionar después de todo lo que empezaba a saber de él. Quería preguntarle muchas cosas pero no sabía cómo empezar. Además tenía miedo de estropear el momento. Sabía que me estaba mirando atentamente y seguramente partiéndose de risa. Así que decidí imponerme porque notaba cómo el rojo tomate de mi cara me estaba delatando peligrosamente, pero Tánter se me adelantó. Parecía estar disfrutando de lo lindo.
- Bueno… ¿Qué queríais Princesa?- el tono burlón de su voz no me gustó ni un pelo.
- ¡Ja!- solté indignada.- ¡¿Cómo que qué quería?! ¡Querrás decir que qué- la voz me temblaba peligrosamente- es lo que estáis planeando mi tío y tú!- me estaba poniendo realmente nerviosa sin ninguna razón aparente y eso le debió de hacer mucha gracia. A mi desde luego no me hizo ninguna.
- Vale, tranquila.- dijo poniéndose serio; lo cuál me hizo bastante gracia esta vez, pero intenté mantenerme en mi nueva postura de chica dura.- La verdad es que tu tío me dijo que sería interesante que conocieras un poco el palacio y la Ciudad… Así que debió de pensar- ahora sí que se estaba poniendo nervioso- que yo era el más indicado para…-no encontraba las palabras adecuadas- ello.
- Muy bien, - respondí- pues adelante. Todo tuyo.- Le tendí la mano izquierda para que me guiara pero en vez de eso, la cogió suavemente y la besó. Me quedé paralizada.
- Como deseéis, princesa.- dijo. El corazón me latía veloz pero intenté controlarme. No me gustaba que me tratara así. ¡Él también era príncipe! Pero dejé que siguiera con su irónica cortesía y comenzamos a andar por aquellos laberínticos pasillos.
- Pero, dado que estamos en tiempos tan difíciles, y que los guardias no dejan que nadie abandone el palacio a estas horas y sin el permiso de Térbal, me gustaría enseñaros la sala de armas. Sólo si vos accedéis, por supuesto.
- Tenéis mi permiso y mi predisposición, caballero.- después de aquello no pude evitar echarme a reír y Tánter se unió.
- Shhhhhhhhhhhhh, Princesa. La seguridad del Palacio es muy rigurosa y si algún soldado escuchara un sonido fuera de lo normal podéis estar segura de que se desataría una persecución en toda regla.
- De acuerdo.- respondí con una sonrisa.
- Tomad mi mano, gentil dama.
- ¡Tánter! Ya sabes que no me gusta que me trates de vos.
- Perdonad Majestad, no era mi intención enojaros.
- ¡Vale ya!
- Como deseéis.
Intenté mirarle enojada pero lo único que pude hacer fue arquear las cejas y suspirar.
- Me rindo. No hay manera. ¡Eres de lo más tozudo que he conocido!- dije totalmente derrotada.
- Tal vez, pero las hay que aún me ganan.
- Tal vez.
Nos detuvimos.
- Ya hemos llegado. Dame tu mano.
- ¿Cómo?
- Dame tu mano para que palpes la puerta de esta sala y la puedas reconocer. Es pura artesanía elfa. La hicieron mis antepasados. Creo que fue un tataratataratataratatarabuelo mío. Es una verdadera preciosidad en todos los sentidos.
Acercó mi mano a la superficie de aquella puerta y enseguida encarrilé mis dedos por unos surcos que parecían enrollarse una y mil veces sobre sí mismos creando caprichosas florituras en la madera. Entonces me acordé de mis clases de manualidades en el colegio. Una vez nos enseñaron a tallar un tulipán de madera y recuerdo lo difícil que era. Yo era incapaz de dar con el cincel dos veces seguidas en el mismo sitio; así que me pusieron un maravilloso dos en las notas de arte. ¡Qué se le va a hacer! Por eso supe apreciar la magnífica obra de arte que tenía ante mí. Pero de nuevo me sobrevino una angustia a la que ya estaba acostumbrada al no poder verla. Tánter había permanecido allí todo aquel rato en el que yo había vuelto a mi infancia sin decir una sola palabra; pero al considerar que ya había admirado aquello lo suficiente como para arrepentirme de mi incapacidad, me ayudó a empujar la puerta que se abrió con un crujido quejumbroso.
Nos adentramos en la sala y Tánter empezó a hablar casi en susurros.
- Ésta es la Sala de Armas del Palacio de Ciudad del Muro. Es una sala rectangular de magníficas proporciones, con altas paredes de mármol negro con vetas verdes, iluminada por el fuego de hileras de antorchas. En ella se custodian las armas de los guerreros de antaño, los que demostraron su enorme valía en las contiendas contra el Séptimo y contra Rodgorod, presentes de los Señores de las restantes ciudades, reliquias familiares, máquinas y armas para el entrenamiento de guerreros… Ven, sígueme. Por aquí.
Le seguí sin dudar. Aquel lugar estaba envuelto en un aura especial que me encandiló desde el principio y no pude evitar una exclamación de asombro cuando se dibujó en mi mente.
- Aquí está la espada del Señor de Ciudad del Muro, tu padre, Danna.- él siempre quiso que tú la empuñaras cuando él faltara para que defendieras a tu pueblo si fuese necesario.
La dejó caer en mis manos y nada más rozar mi piel sentí cómo me quemaba su acero frío como el hielo. Deslicé el dedo índice por la hoja con sumo cuidado admirando la suavidad de aquel estrecho espejo hasta llegar a la empuñadura. Ésta estaba celosamente trabajada y simulaba las alas de un ave. Después de examinarla como si de un tesoro se tratara sólo me sentí capaz de soltar un “guau” que reverberó por toda la sala.
- Quiero que me enseñes a usarla, Tánter.
Aquello le pilló algo de sorpresa pero sin duda estaba esperando que llegara aquel momento.
- Ahora mismo podemos empezar, si te sientes capaz de ello y no te resientes de tus heridas.- dije tratando de disimular un poco mis ganas de empezar a entrenarme.
- Nunca me había sentido tan bien como ahora; así que no desperdiciemos este momento. Espérame aquí un momento.
Le oí alejarse apresuradamente hacia un lateral de la sala, chocar contra una especie de arcón que luego abrió provocando una polvareda que indicaba que aquello no se abría desde hacía mucho tiempo. Después de sacar algo que olía a madera vieja, se acercó a mí y lo dejó a un lado en el suelo.
- Bien, princesa ¿preparada?
- Sí, ¿pero qué estás haciendo?
- Preparando lo necesario para comenzar tu entrenamiento por lo más básico.
- Ummmm.
- Y ¿cuál es la primera lección, profesor?
- Hoy comenzaremos por saber empuñar la espada ¿qué te parece?
- Pensé que los alumnos no podían opinar sobre el programa de los profesores.
- Bah, eso no son más que cuentos. Además tienes que sentirte profundamente privilegiada por tenerme como profesor.
- ¡Oh, sí! Por supuesto. Es un gran honor. Pero para ti también debe ser un privilegio tener a una princesa como alumna.
- Sin duda alguna.
- Así me gusta, entonces el honor es recíproco.
- Ajá.
Más risas. Aquella estaba siendo sin duda la mejor aventura de mi vida.
- Bueno, espero que tengas en cuenta que me siento capaz de todo. – dije haciendo alarde de mi renovada auto confianza. – Así que no te cortes un pelo, quiero sufrir de verdad y sentirme una guerrera de los pies a la cabeza.
- Pues comencemos. Bien, primero: un arma no es un juguete, es un objeto que puede matar. Y sólo en ti recae la angustia y el remordimiento. Segundo: el arma es parte de ti. Tienes que sentirla como una prolongación de tu cuerpo. Sólo así responderá a tus movimientos. ¿Entendido?
- Sí- contesté emocionada. Creo que sus palabras estaban haciendo efecto en mí. O quizá sólo fuera el hecho de que tenía aquella espada en mis manos. El caso es que algo estaba infundiendo en mí un renovado valor y ardor por aquella tierra y aquella gente que tanto estaba haciendo por protegerme y que tanto me necesitaban; aunque yo seguía sin saber cómo podía ayudarles de otra manera que no fuera aprendiendo a empuñar un espada. Tenía que esforzarme y quería progresar y superarme. Aquello sí que era un verdadero aliciente en mi vida, pero no él único. La voz de Tánter me devolvió a la sesión de entrenamiento.
- Bien. He visto cómo estudiabas y acariciabas a la espada antes. Sin duda es una gran pieza y su valor es inmensurable. No sólo como arma sino como recuerdo de aquellos que te dieran la vida y que siempre te han amado. Por eso has de cuidarla y mimarla y preservarla del paso del tiempo; porque puede que algún día obsequies a tus hijos con ella.
Pronunciando aquellas palabras su voz se había vuelto extrañamente melancólica y al final pareció como si se hubiese quedado sin ella. Pero creo que intentó disimularlo carraspeando. Ambos volvimos a lo que estábamos.
- Ammmm. Bien, como iba diciendo, has de tratarla bien. Sí, eso es muy importante. Emmmm. Bueno, creo que una vez echas las presentaciones vamos a pasar a la acción.
- ¡Buena idea!- intenté no dar importancia a su repentino balbuceo.
- Pues lo que viene ahora es muy sencillo.
Noté como se acercaba a mí algo vacilante y se colocaba a mi derecha.
- Dame tu mano. Sólo tienes que sujetar firmemente el mango, así ¿lo tienes?
Sus manos aferraban la mía sudorosa alrededor del metal. Notaba sus fuertes brazos rodeándome y su dulce aliento en mi oído. Me estaba mareando. Aquello era demasiado para mi primer día. Él pareció darse cuenta y se apartó rápidamente dejándome espacio para respirar.
- Creo que lo tengo.- dije tratando de relajar la tensión que se había creado.- ¿Qué viene ahora?
- Esto te va a gustar. Primero vamos a practicar una serie de movimientos de defensa y luego iremos a por los de ataque.
- De acuerdo- dije con expectación. Deseosa de empezar.
Resulté ser la mejor alumna posible, modestia a parte. Aquella noche avancé muchísimo, aprendí los movimientos no sólo básicos, sino también algunos de gran complejidad. Tánter no salía de su asombro y la verdad es que yo tampoco. Había sido unirme a esa espada y que fluyera dentro de mí la misma fuerza que había tenido su anterior poseedor: mi padre.
Aprendí muy rápido y días después me atreví a retar a Tánter a un pequeño duelo. Conseguí esquivar sus estacazos e incluso arremetí contra él varias ocasiones. Era increíble verlo en pleno duelo. Oía cómo sus pies se movían con la gracia de un bailarín que conoce al dedillo la coreografía y sus brazos se me antojaban borrones en el aire, aunque trataba de ralentizar los movimientos para que yo pudiera responder al oír cómo la espada cortaba el aire. A mí me pareció sin duda un gran espadachín.
Al acabar nuestro baile de espadas, se dejó ganar, se tiró en el suelo simulando estar extenuado y a punto de morir y yo no pude parar de reír; aunque he de confesar que estaba realmente exhausta.
- Bien, princesa. Ha sido todo un honor teneros de pupila. Un verdadero placer.- dijo jadeando.- Pero aún os agradecería más que me ayudarais a levantarme. Ya estoy viejo para estos trotes…
- ¡Anda ya!- le tendí la mano pero no sé si fue porque pesaba demasiado o porque realmente estaba agotado, pero no pude evitar caerme aplastándole totalmente y al hacerlo le incrusté sin querer el codo en las costillas. Un inevitable aullido salió de su boca.
- ¡Oh, Tánter! ¡Cuánto lo lamento! ¿Estás bien?- intenté apartarme para dejarle respirar pero él me retuvo sin decir ni una sola palabra.
- ¿Tánter? ¿Puedes respirar? Tánter no me gusta que me des estos sustos.
Entonces, inesperadamente, agarró suave pero firmemente mi cara y hundió sus labios en los míos. En ese momento era yo la que no podía respirar. Me volvía a sentir mareada; pero por nada del mundo quería que parara. Por eso, llevé mis manos hacia su cara y luego hacia su nuca, apretándole contra mí. Empezaba a quedarme sin aire de verdad, y tuve que retirarme un poco aunque en el fondo me resistía a dejar aquel beso inconcluso. Tánter empezó a reírse con aquella risa tan deliciosa suya y yo hice lo mismo. No me podía creer lo que estaba pasando. Pero me sentía a gusto junto a él porque me proporcionaba una paz que siempre me había acompañado.
- Te quiero John, siempre lo he hecho. No me importa lo que me ocurra, sólo quiero que estés a mi lado cuando ese momento llegue.- Le abracé con todas mis fuerzas sintiendo que el corazón me explotaría en cualquier momento. Él me devolvió el abrazo y noté cómo suspiraba acariciándome el pelo en señal de agradecimiento. Hubiese dado cualquier cosa por poder detener el tiempo en aquel momento. Nos envolvimos en todos los besos y caricias que nos habíamos negado desde mucho tiempo atrás.
- Lo que no me explico es cómo no he logrado reconocerte.
- En tu mundo adquirí la forma humana por la que me conocías como John; pero aquí tomo mi verdadera naturaleza como príncipe de los elfos. Pero John y Tánter son una misma persona y desde luego sienten lo mismo por ti. Ven, ha llegado la hora de que te enseñe algo.
Me ayudó a levantarme y sin soltarme la mano en ningún momento, me guió a través de la sala hasta la puerta. La abrió y salimos por ella a la hostilidad de los pasillos. Era como si volviésemos a la realidad que habíamos abandonado al estar juntos. No hablamos durante el recorrido hasta que llegamos a unas escaleras que tenían forma de espiral según él me dijo. Parecía que estábamos accediendo a la parte más alta del palacio, que parecía un torreón incrustado en aquella ordenada estructura.
- Hemos llegado- dijo al fin.- Aquí es donde Térbal se encontraba con tu madre cuando aún no había sido nombrado consejero. Luego, se aposentó aquí por petición de la Señora de La Ciudad y aquí fue donde guardó todos sus libros de magia y hechicería y algunos instrumentos. Yo pasaba mucho tiempo aquí cuando era pequeño. Arnias también hizo estragos en mi Ciudad. Hizo que los elfos nobles se levantaran contra el líder, mi padre, y su familia para hacerse con el poder y obtener favores del hechicero para el que trabajaban. –Una sombra de desprecio y resignación tiñó su voz.- Torturaron a mi padre para que les dijera dónde se encontraba el Símbolo. Mi padre no cedió hasta que Arnias retuvo a mi madre como rehén y la asesinó. Después de aquello mi padre juró venganza, pero antes de enfrentarse al mago, se aseguró de que Térbal, uno de los pocos consejeros que aún mostraba su desprecio por Arnias y que seguía luchando por la unidad del Reino de Lux, me mantuviera a salvo a su lado y me aceptara como aprendiz. Me resistí pero me obligó a trasladarme a Ciudad del Muro. Cuando llegué aquí supe de la muerte de mi padre a manos de Arnias en la Torre del Destino. A partir de aquel momento me entrené duramente para algún día vengar su muerte y la de mi madre. Térbal intentó calmar mi sed de venganza pero vio en mí a un posible sucesor por si él fallaba en su lucha contra Arnias, así que me entrenó y compartió conmigo todo su conocimiento. Durante aquel tiempo supe de tu nacimiento y Térbal me hizo prometer que te salvaría de que te hicieran lo mismo que a mí; pues Arnias no tenía intenciones de cejar en su aproximación a la eternidad a través de los Ocho Símbolos. Y para ello se había propuesto terminar con todas las vidas que se interpusieran en su camino. Desde entonces cuidé de ti como si fueras mi querida hermana; pero para cuando supimos que Arnias se acercaba con sus huestes a Ciudad del Muro con la intención de someter a Térbal y a tus padres, Térbal ya tenía preparado el modo en que te sacaríamos de Lux y contigo al Símbolo. Lo peor de todo es que cuando Arnias llegó no hubo salvación para muchos aldeanos que murieron en combate o fueron asesinados vilmente, ni para tus padres; a pesar de que tu tío lo intentó todo; puesto que fueron asesinados por el propio Yenco y algunos de los suyos que se habían hecho pasar por aldeanos que necesitaban auxilio entre los supervivientes que habían sido llevados a palacio para darles refugio. Térbal te hizo un encantamiento para confundir tus recuerdos y así evitar que, si por algún motivo te hacían presa, revelaras tu identidad. Por eso tus recuerdos no son del todo exactos. Yo logré atravesar el Vaduin por el canal mágico que había abierto Térbal, y una vez en el mundo humano tus recuerdos del Reino de Lux se borraron para siempre hasta que Térbal los hiciera reaparecer. Yo me transformé y me di a conocer con el nombre de John y te cuidé hasta el fin de la batalla entre Arnias y Térbal y sus respectivos ejércitos de magos, humanos y otros seres. Ambos magos salieron muy debilitados pues sus poderes eran muy similares.
- Tánter, ¿por qué has dicho ocho? Si no recuerdo mal son Siete Símbolos o es que hay algún…
Un estruendo nos devolvió a la realidad. Me olvidé de la seguramente involuntaria confusión de Tánter.
-¿Qué ha sido eso?- pregunté temiéndome lo peor.
- Es la hora. La batalla final.- dijo Tánter en tono sombrío. Se acercó a mí y me apretó contra él.- Escúchame Danna, sabíamos que este día llegaría. No lo esperábamos tan pronto pero algún día tendría que ser. Arnias vuelve a contraatacar. Eso quiere decir que se encuentra con fuerzas suficientes como para culminar su tarea; pero nosotros se lo impediremos.
- Pero Tánter yo no sé qué debo hacer.- El estruendo era cada vez mayor en aquella fortaleza, se oía el eco desesperado de miles de pasos que parecían huir de una muerte para la que no estaban preparados. Agarré el colgante con todas mis fuerzas y pude notar cómo se iba calentando.
- Danna, nadie sabe con certeza qué es lo que tiene que hacer hasta que se ve obligado a hacerlo. Térbal, Oak y los demás magos consejeros que han venido a la Asamblea han jurado proteger al Reino y a la legítima heredera y soberana de Ciudad del Muro, porque con ella se restaurará la Paz por la que tantos seres han muerto. Y tú, Danna, eres nuestra Princesa. Moriríamos por ti y por nuestros ideales. No queremos que nos someta un miserable tirano y nos hunda en el infierno.
- Tánter, me siento muy mal. ¿Qué clase de Princesa soy? No he hecho nada por vosotros. No merezco que nadie muera por mí. Es más no lo voy a permitir. Durante este tiempo he descubierto muchas cosas que me han dado renovada energía para luchar. Entre ellas estás tú, Tánter, mi querido John. Te prometo que no os voy a defraudar. Te quiero y siempre te querré.
- Lo sé. Guíanos Danna.
Aquellos probablemente serían el último beso y la última caricia que recibía de él por eso dejé que quedaran impresos en mi mente y en mi piel. Serían mi reserva de energía ahora que empezaba a pensar con claridad. Poco a poco fueron retornando a mi cabeza recuerdos de aquellos tiempos felices en los que mi madre me acunaba en su pecho, mi padre me llevaba a visitar el Reino de los Elfos, y mi tío me enseñaba pequeños trucos de magia.
- Tánter, llévame junto a Oak, quiero despedirme de ellos.
- Creo que no hará falta. Oak sabe que estamos aquí. Es un gran cotilla.
Me reí. En ese momento se abrió la puerta y por ella aparecieron Oak, Kyra, Dalinor, Lingrow y Flamer. Me alegré de verles. Les pregunté que dónde habían estado. Debieron de lanzarse furtivas miradas y luego fue Kyra la que habló.
- Hemos estado haciendo los preparativos para la batalla que se nos avecina. Hemos evacuado a los aldeanos a los bosques. No dejaremos que mueran como la otra vez. Además Oak ha encantado a los árboles y creo que no debemos temer por ellos. Y los clanes de los Osos del Norte se han prestado a ayudarnos. Pero también los últimos reductos de lobos, duendes, ciervos, y jabalíes han decidido proteger a los nuestros. No creo que haya que preocuparse. Los he visto actuar en otros momentos y son ¡guau!
Ahora la voz de Dalinor intervino y el efecto fue como si un trueno se colara por la sala.
- Las tropas de Elfos Desterrados, Gigantes de las Montañas están dispuestos a luchar junto a nosotros por Lux y para ver el fin de Arnias. Danna, Dama de las Águilas, en tus manos queda invocar a tu Ejército del Cielo. Sólo responderán ante ti.
- Ésta es la zona más alta del Palacio ¿no es así?- pregunté segura de lo que tendría que hacer. Era como si ya lo hubiera hecho antes.- Tánter, hay un gran balcón aquí por el que entraba mi tío convertido en águila, ¿me llevas hasta él?
- Coge mi mano.
Llegamos al balcón y una ráfaga de aire invernal me azotó la túnica y me revolvió el cabello. Noté los brazos de Tánter rodeándome y transmitiéndome todo su amor y fidelidad.
- Te pertenezco.
Me acurruqué en sus brazos, y lentamente me giré hacia su boca. Me resistía a pensar que ése sí que sería mi último beso pero cuando acabó supe que me daría fuerzas para seguir con aquello. Con un terrible esfuerzo me aparté de él. Cerré con fuerza los ojos y me concentré en mi destino. Sabía que en mi interior había una fuerza que había empezado a crecer y que me empujaría a hacer cosas de las que ni yo misma me creía capaz. Pero en aquel momento no podía escatimar en esfuerzos. No tendrían que preocuparse por mí. Lo acabaría bien. Inspiré como si fuera mi último aliento y de lo más profundo de mi ser salió una voz que no reconocí como mía. Sin embargo, no me asusté porque sabía que aquella voz hablaba desde el conocimiento y porque había comenzado mi transformación. Los recuerdos de mi reino se mezclaron con una visión del futuro en la que yo no aparecía, pero aquello no me preocupaba. Me sentía tranquila y segura. También pude vislumbrar a mi enemigo entre las filas de los monstruosos seres que le servían. Le acompañaban miles de desfiguradas criaturas que de algún modo sabía que pertenecían a los Pueblos de Las Cuevas de las Montañas, pero también vi a bellos seres de orejas puntiagudas que reconocí como los Elfos, a los Lobos que caminaban sedientos configurando la primera fila junto con jaguares, osos polares… Y sabía que había algo más. En efecto, no tardó en aparecer una bandada de miles de cuervos.
- Queridos amigos. Ha llegado el momento de separarnos. Debo daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mí y por Lux. Pero aún necesito de todos vosotros un último esfuerzo: Flamer, Kyra y Lingrow vosotros reuniréis a los caballeros y os ocuparéis del Ejército de Enanos de las Cuevas de las Montañas, Dalinor convoca a todas las criaturas de los Bosques y haceros cargo del Ejército de Fieras. Oak, tú ayuda a mi tío. Tánter convoca a los últimos elfos y someted a los de vuestra raza. Yo convocaré a las Águilas y someteré a los Cuervos. Suerte.
Tras aquellas palabras noté cómo me miraban y poco a poco se iban alejando de la Sala.
Entonces alcé los brazos y la inscripción del Símbolo se hizo visible en mi mente. Empezó la tormenta. Comencé a recitar a los cuatro vientos aquellas palabras intentando con toda mi alma conectar con ellas. De alguna manera el vínculo aquel se hizo patente en mi interior y noté cómo se ponían en marcha hacia allá. Era como si me encontrara en el interior de todas ellas. Podía distinguir su posición, cambiar su rumbo y lo que hizo saltar una lágrima era que también tenía su visión. Por primera vez vi la vasta extensión de hermosas tierras y cascadas y montañas y valles que se extendían bajo mis pies. Una explosión de renacimiento me inundó y noté cómo mi propio cuerpo se transformaba. Noté el pinchazo de cada una de las plumas al romper la piel, las escamas que envolvían mis pies y como desaparecía mi pelo para dar paso a una cabeza redondeada llena de plumas y con un pico dorado. Salté por el balcón y planeé. Me sentía viva. Fui al encuentro de mis hermanas y juntas nos lanzamos sobre aquel nubarrón de cuervos que graznaban fieramente.
El encontronazo fue ensordecedor.
Los picos enemigos se clavaban en nuestra carne como puntas de lanza y una vez dentro de la carne los retorcían y abrían heridas que nos obligaban a retroceder. Entonces arremetían con sus afiladas garras que se agarraban a las plumas y cortaban la piel. El cansancio empezó a notarse demasiado pronto y las alas, a pesar de su fortaleza, comenzaban a flaquear. Los cuervos aprovechaban la mínima oportunidad para lanzarse en grupos hacia nuestros ojos. Comencé a desesperarme porque no veía ninguna salida y los míos se precipitaban a un suelo en el que se estaba desatando una batalla no menos cruenta. Me dolía todo el cuerpo y no había hecho ningún progreso. Sólo había logrado dolor y cansancio. Pero entonces, una nueva explosión de furia estalló en mi interior y traté de repartir mis fuerzas entre todas mis hermanas. Sin duda estábamos conectadas de una manera inexplicable y nos movíamos y pensábamos como una sola. Nos reorganizamos en cuestión de segundos y preparamos nuestro ataque cuando creían que nos habían debilitado y se disponían a dar el estacazo final. Nos lanzamos en picado entre las nubes cargadas cuando trataban de recomponer las filas, y los fuimos acorralando para finalmente arremeter contra ellos sin piedad. Hundimos nuestro pico en su carne, desgarramos sus alas con nuestras garras, a los más desprevenidos los lanzamos contra los muros del Palacio. No sentí ninguna pena al ver cómo sus vísceras se abrían paso entre la carne ensangrentada; ellos estaban haciendo exactamente lo mismo con nosotras. Viendo que el número de cuervos descendía rápidamente decidí darme un respiro y ver cómo andaban las cosas por abajo. No iban nada bien. Al estruendo de los truenos y a la furia de los relámpagos se sumaban los incesantes gritos de agonía de ambos ejércitos. Luz contra Oscuridad. Me costó localizar a Kyra pero al final la descubrí. Estaba al límite de sus fuerzas; pero aún así seguía repartiendo algo más que caricias con su espada empapada en sangre negra. Daba vueltas sobre sí misma impulsándose para utilizar esa inercia y descargarla con furia. No muy lejos de ella estaba su padre que con razón llevaba el título de mejor guerrero del Reino. A su paso caían enanos y otros monstruos que parecían arrodillarse ante su hercúlea fuerza. Seguí haciendo círculos aprovechando el fuerte viento de la tormenta y entonces lo vi. Todos los magos consejeros que habían asistido a la Asamblea en Ciudad del Muro lanzaban conjuros a diestro y siniestro provocando en sus objetivos los más variopintos resultados; tras lo que lanzaban el hechizo final. Decenas de criaturas caían al recibir haces de luz blanca que les atravesaban el pecho en unas milésimas de segundo. Sin embargo, aquellos magos no eran incombustibles y el abuso de sus poderes se hacía evidente en su agotamiento. Apenas me dio tiempo a cerrar los ojos cuando un oso polar se abalanzó sobre uno de ellos arrancándole la cabeza con un mordisco aprovechando la distracción del mago y de sus compañeros. Aquello animó a las bestias que se arrojaron con furia hacia ellos. Entonces oí una voz extrañamente familiar que les daba órdenes para que consumaran aquel ataque y mi corazón dio un vuelco cuando vi que Oak se lanzaba a por Arnias. Intenté prevenirle pero no me oyó. Es más, cometí un gran error porque Arnias lo tomó como un aviso y giró sobre sus desgastados talones lanzando un mortal hechizo que Oak logró esquivar por muy poco. Tardó un tiempo en reaccionar pero aprovechó las carcajadas de triunfo de Arnias para responderle con un hechizo igualmente destructor. Sin embargo, Arnias tenía unos reflejos increíbles y los esquivaba componiendo con su frágil cuerpo figuras contorsionadas y grotescas. Empecé a temer por mi amigo, cuyas fuerzas empezaban a abandonarlo no dejándole más remedio que sucumbir ante los hechizos que le lanzaba el que tiempo atrás había sido su maestro. Ambos magos estaban envueltos en una nube de polvo reluciente mientras concentraban toda su furia en acabar con el contrario. Surqué los cielos buscando desesperadamente a mi tío y a Tánter. Sabía que ellos podrían acabar con Arnias. Los llamé pero no logré localizarlos. La angustia me carcomió. ¿Qué les habría pasado? ¿Habrían caído ya? De repente me sentí sin fuerzas y sentí la necesidad de abandonarme, de dejar de batir las alas y caer y ser pasto del tiempo. Pero una voz demasiado cercana me hizo estremecerme. Temí por mi tío. Sabía que había adquirido un inmenso poder; pero desconocía el potencial de Arnias. Lo poco que podía ver me hizo temer lo peor: mi tío cada vez se sentía más débil tras los continuos ataques de Arnias que no parecía ceder ni un solo segundo. De las yemas de sus dedos salían continuos rayos cegadores, que chocaban sin piedad contra el cuerpo del Gran Térbal, obligándolo a encorvarse con alaridos escalofriantes. Luego cuando parecía que el viejo había terminado su espectáculo volvía a la carga con nuevos hechizos a los que mi tío parecía no haberse enfrentado nunca. Quizá los había reservado para sorprender a su discípulo. Me pregunté cómo Arnias podía tener tal aguante pero no supe contestarme. Quizá había vendido su alma al diablo; o quizá fuera él el mismo diablo. Desesperada me lancé contra aquella columna de polvo que se erguía enjaulando a los magos pero al llegar hasta ella sentí que chocaba contra un muro de piedra. Volví a intentarlo. Un intenso dolor me sacudió. Lancé un gritó de exasperación. Me dolían las alas pero no me iba a rendir. Aquello no había hecho más que empezar. Volví la cabeza hacia los terrenos de Ciudad del Muro, ahora cubiertos de cadáveres y algunos grupos aislados de guerreros que aún continuaban luchando aunque ateridos por el cansancio y la lluvia. Entonces el último grito de mi tío me llegó con claridad a los oídos. Cerré los ojos y me lancé en picado contra la nube de polvo esperando que aquel dolor me volviera a invadir; pero fue el sólido silencio que se había creado allí dentro y el pinchazo de algunas esquirlas en mi piel; lo que me anunció que había traspasado la capa de polvo reluciente. Planeé hasta llegar al suelo y una vez allí volví a mi forma humana. Me arrodillé ante el cuerpo inerte de mi tío sin poder creer que estuviera muerto. Le llamé débilmente con la esperanza de que abriera los ojos o me dijera una última palabra de despedida, pero nada de eso sucedió. No pude reprimir el llanto. Entonces, oí una risa escalofriante que procedía de algún lugar escondido dentro de aquella columna.
- ¡Maldito seas, Arnias!- escupí con todo el odio y la rabia que sentía en aquel momento.
- Yo también me alegro de conocerte Danna.- Aquella voz espectral retumbó por todo el espacio y por un momento el aire se impregnó de su aliento putrefacto. Intenté reprimir las ganas de vomitar e intenté enjugarme las lágrimas para poder ver mejor pues creía que había recuperado totalmente mi visión; aunque eso no era así. Al volver a mi forma humana había recuperado también mi ceguera. Tenía que buscar la manera de transformarme pero la presencia de aquel demonio me lo impedía.
- Acabemos con esto de una vez.
- No tan deprisa princesa. Antes de acabar contigo tienes que servirme de alguna utilidad.
- Nunca obtendrás nada de mí. Si estoy aquí es para acabar contigo y con tus huestes de Oscuridad. En este reino no hay lugar para ti, Arnias. Hace mucho tiempo que deberías haber desaparecido, pero es cierto que se cometen muchos errores. Aunque yo trataré de ponerles fin.
- Cuánto has cambiado Danna. Te he estado observando últimamente y me parece que tus progresos han sido espectaculares. Lo admito. Sin embargo, es una pena que no vayas a durar mucho más porque aún te queda mucho por aprender… Aunque, puede que haya una posibilidad… Si no quieres que todos tus amigos se vean reducidos a polvo y que tu amado reino quede a mi merced, ayúdame a conseguir los Últimos Símbolos. Tú eres la única que aún puede remediar los errores que cometí al acabar con todos los poseedores de los Símbolos.
- ¿Qué te hace pensar que voy a caer en tus redes?
- ¿Qué te parece esto?
- ¡Tánter!- sentí que las posibilidades de vencer a Arnias eran cada vez más remotas.
- ¡Danna no le escuches!
- Veo que este muchacho significa mucho para ti. Pero, ¿estarías dispuesta a dejarle morir por tu insensatez? Vamos Danna, no irás a mancharte las manos con su sangre. Es la persona que más feliz te ha hecho. Te ha guiado, te ha cuidado, ha vivido sólo para ti. Y así es como se lo agradeces. Me decepcionas. Siempre has sido un desperdicio, qué reino querría a una niñata ciega como soberana. Ríndete. Sabes que no vas a salvarlos. No tienes nada que hacer contra mí. Así que eso reduce tus posibilidades y las de tu querido reino de sobrevivir si no te unes a mí. Piénsalo, viviríais como esclavos a mi servicio pero al fin y al cabo viviríais.
- ¿Qué sentido tendría vivir así? Esta guerra es nuestra última esperanza y aún no puedes cantar victoria.
- ¿Crees que os puedo tener miedo? ¡Ja! ¡No me hagas reír!
- No deberías infravalorar a un pueblo que desea la libertad y la paz. Ni tampoco a mí.
- ¿Acaso tienes alguna sorpresita debajo de ese magnífico vestidito? Aunque he de reconocer que desconocía tu capacidad para transformarte. Pero eso no cambia nada. Eres una ignorante que pretende hacerse en tres días con el poder de todo un Reino ni más ni menos; cuando lo único que te debería preocupar son las notas de tu estúpido colegio. Vamos Danna, no se te ha perdido nada aquí. Nunca has conocido ni conocerás este reino tan bien como lo conozco yo. Déjales a los mayores arreglar este asunto. Mírate estás pálida y la situación se te está yendo de las manos. Lo único que tienes que hacer es colaborar con este viejo mago y legarme el Séptimo Símbolo- entonces oí cómo hizo tintinear el símbolo que supuse tenía colgado en el cuello.- Es lo único que necesito para hacerme con la eternidad. Y te prometo que tu querido Tánter no sufrirá ningún daño.
- Déjale en paz. Esto solamente es entre tú y yo. Has matado a mi tío y te juro que no pienso darme por vencida hasta que no vengue su muerte. Vas a pagar por lo que le has hecho a Lux y eso incluye a mi tío.
- Lo vas haciendo algo mejor pero aún te queda mucho por aprender. Yo te puedo enseñar y serías grande. Puede que incluso reinaras junto a mí. Eres bella igual que tu madre; pero también eres tan tozuda como ella. No te imaginas lo que me gustaría probar el sabor de una mujer pero hace mucho que renegué de esos deseos tan estúpidamente humanos.
- No me interesa.
- Lástima.
- No creo que esta conversación sea de algún interés. Acabemos con esto de una vez por todas.
- Como quieras, pero no tengo prisa. He esperado mucho tiempo y aún puedo aguantar un poco más. Me está resultando muy divertido enfrentarme a ti.
Noté como la rabia fluía por mis venas abrasándome y no me preocupé. Sabía que era necesario hacerme con todo el poder que pudiera para atacar.
- ¿Sabes Danna? Aún podría ponértelo más interesante. ¿Qué te parecería volver a ver a tus padres?- me dijo con un aire paternal malamente fingido.
- Tú los asesinaste- respondí zanjando la cuestión.
- Sí, sí. Pero aún puedo hacerlos volver. Verás, sólo necesito hacerme, como ya sabes, con todos los Símbolos y aprender a dominarlos. Sería un insulto para ellos que no quisieras volver a verlos.
Miré una última vez el cuerpo de mi tío y cerré los ojos reprimiendo las lágrimas. Nada ni nadie haría volver a mis padres y aunque así fuera ¿qué precio tendríamos que pagar? No. No lo permitiría. No más destrucción. No más oscuridad. Los recordaría siempre y con la conciencia tranquila. Entonces supe que tenía que acabar con aquello aunque supusiera mi propia destrucción. En aquel momento no me importaba morir pero antes de que ocurriera tenía que dejar parte del trabajo hecho. Me concentré todo lo que pude y empecé a sentir de nuevo cómo cada parte de mi cuerpo daba lugar al cuerpo del águila. Tenía que aprovechar la visión que me proporcionaba aquella forma. Me extrañó que no me lanzara ningún hechizo durante la transformación pero era obvio que quería divertirse conmigo. No le daría aquella satisfacción. Sabía que estar dentro de aquella columna mágica no podía ayudarme, así que tenía que averiguar el modo de abrir una brecha y obligarle a salir al exterior. Cogí carrerilla y me lancé hacia la columna para atravesarla. Intenté no mirar atrás. Sabía que Tánter no sufriría ningún daño si alejaba a Arnias de allí y le mantenía distraído hasta encontrar una forma de destruirle. Sin embargo, el no saber cómo me desesperó. Busqué y busqué en mi cabeza pero no encontré nada. Sólo pensaba en seguir volando y alejarlo de allí pero ¿cuánto duraría aquel ardiz? Cuando me alcanzó uno de sus hechizos supe que no demasiado. Aquel hechizo me había aturdido, las alas se me habían paralizado y comencé a caer. Intenté soltarme de aquellas cuerdas invisibles que me amarraban con una fuerza increíble pero no hubo forma. La tierra cada vez estaba más cerca. Volví a intentar destrozarlas con mi pico pero lo único que conseguí fue una herida profunda que empezó a sangrar abundantemente. Cerré los ojos como si aquello fuera a salvarme del estrépito pero no fue así. Me coloqué de costado en el aire en un intento de suavizar la caída pero el choque con el suelo fue brutal. Noté como si todos mis huesos se hubieran convertido en miles de granitos de arena. No pude evitar que se me escaparan las lágrimas. Era tan intenso el dolor que perdí la consciencia durante un rato que a mí se me antojó eterno. Pensé que todo había terminado, que había muerto sin aguantar, que era una cobarde y que había destruido Lux. Sin embargo, el olor a sangre me hizo volver a mi ser. Los párpados me pesaban toneladas pero aún así conseguí abrir los ojos. El paisaje era desolador. Desde el aire se veía tan pequeño, tan lejano… Pero a ras del suelo la visión era mucho más espeluznante. Aún había cuerpos que agonizaban lentamente y que pedían auxilio. Otros pedían una espada para acabar con el sufrimiento. De repente noté unas garras rodeando mi tobillo. Un repugnante ser de ojos inyectados en sangre, dientes amarillentos y piel escurridiza, me intentaba retener. Abría la boca y expandía las aletas de la nariz como intentando captar el olor de mi sangre. Intenté deshacerme de él; pero había hundido sus garras en mi carne humana. Me di cuenta de que no me sentía lo suficientemente fuerte como para mantener al completo mi forma de águila. Sin embargo, la transformación inversa no había sido completa. Aún conservaba las alas y la visión de mi forma animal; pero tenía piernas y brazos humanos. Entonces caí en que quizá podría beneficiarme de aquel descubrimiento. Alargué el brazo, palpando la tierra y encontré lo que andaba buscando. Cerré los dedos alrededor de la empuñadura de aquella espada y con un movimiento rápido corté la mano de la bestia que lanzó un gruñido contenido. Pensé que aquello lo pararía pero se arrastró hacia mí. Me levanté rápidamente y no lo dudé. Con un grito desesperado lancé el filo de la espada al cuello del ser. Los gruñidos cesaron. Una arcada me sobrevino y sentí que volvían a fallarme las fuerzas pero no podía alejarme de aquella manera de todo lo que me rodeaba. Pensé en Tánter, hice acopio de todas mis fuerzas y eché a correr. Aún me quedaban asuntos por resolver. Decenas de bestias se dirigieron hacia mí. Me quedé asombrada por la ingente cantidad de criaturas que formaban las filas del ejército de Arnias. Entonces cuando ya estaban bastante cerca de mí, inconscientemente levanté el vuelo y me elevé sintiendo de nuevo el viento en mi cara. Era una sensación extraña pero me gustaba. Busqué desesperadamente la columna protectora de Arnias pero ya era demasiado tarde. Había desaparecido. Grité el nombre de Tánter pero no había rastro de él. Una oleada de odio volvió a inundarme y se transformó en un grito de rabia al que se volvieron a unir los truenos de la tormenta que aún no había cesado. No creía, no podía creer que se hubiera llevado a Tánter. ¿Por qué no me había matado y se había evitado tantas molestias? Deseé estar muerta y que todo terminara conmigo. Pero no sería así y yo lo sabía. Había imaginado una vida junto a Tánter y ahora no sabía cuanto tiempo de vida le quedaría por mi estupidez. Lloré y me juré por él hacer todo lo posible por volver a su lado.
Intenté canalizar toda mi furia y noté como ardía el acero de mi colgante. Sentía la energía fluir dentro de mí y esperé el momento adecuado para dejarla salir. Sobrevolé los cielos en busca de Kyra y tras pocos minutos de búsqueda di con ella. Estaba exhausta pero seguía moviéndose con la agilidad y la fuerza propias de una gran guerrera. No se daba por vencida y a cada golpe de su espada lanzaba un grito desgarrador que hacía crecer el miedo y la inseguridad en sus adversarios. Me lancé hacia donde se encontraba y cuando estuve lo suficientemente cerca dejé salir toda la energía a través del colgante. Una onda expansiva enorme destruyó a los seres que se encontraban en un radio no muy extenso. Kyra salió ilesa y cuando me vio lanzó un grito de alegría, tras el que me dijo asustada:
- ¡Danna! Se ha llevado a Tánter.
- ¿Adónde?
- Supongo que a la torre de Riknor. Te está tendiendo una trampa.
- Tengo que ir.
- ¡No! Te matará.
- Ya lo ha hecho. Pero no os puedo dejar así.
Otra horda de orcos y otras criaturas se lanzaron contra nosotras y de nuevo me concentré en la energía que me inundaba. Otra explosión de energía brotó del colgante y los aniquiló sin darles tiempo a reaccionar. En otras condiciones me habría asustado el inmenso poder de aquel objeto pero me alegré de poder contar con algo a nuestro favor. Entendí por qué Arnias me quería viva. Ahora que no estaba mi tío, sin mí no podría descifrar el poder del símbolo. Me necesitaba en las filas de su ejército para hacerse con el poder absoluto. Y yo era la única capaz de controlarlo. Era parte de mí. Pero entonces, si no tuviera el Símbolo en su poder no alcanzaría la inmortalidad y toda la dedicación que había puesto en la búsqueda de los Símbolos sería en vano. Tenía que haber algo más. Un Símbolo más poderoso que cualquier otro, del que nadie sabría su existencia. La sola idea de que hubiera otro símbolo aún más poderoso y quizá más destructivo me heló la sangre porque Arnias no pararía hasta descubrirlo. Y me necesitaba para esa última tarea. Y Tánter era el cebo. Pero no podía dejarle en manos de Arnias, porque el mago no tendría ningún miramiento con él. Lo torturaría hasta la muerte y me lo haría saber para obligarme a unirme a él. Y no me daría ninguna otra opción. Por el momento lucharía por mis amigos. Aunque me dolía en lo más profundo de mi ser, Tánter tendría que esperar. Me lancé de nuevo contra mis enemigos con una energía renovada y no tuve piedad.
Poco a poco el número de criaturas de la Oscuridad fue disminuyendo y cuando se sintieron débiles y traicionados por su señor Arnias que los había abandonado trataron de huir. Entonces los últimos reductos de los clanes de Elfos de los Bosques acudieron en nuestra ayuda. Vencimos, aunque aquello no me hizo sentir mejor.
Después de la batalla cuando los nuestros llegaron agotados casi arrastrándose hasta las murallas del palacio de Ciudad del Muro no pude reprimir las lágrimas por aquellos que no volverían jamás. Kyra hizo el recuento de todos los supervivientes. Mi amiga lloraba sangre. Mientras pronunciaba el nombre de los caídos, vi cómo las lágrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas ensangrentadas adquiriendo la textura de la sangre. Nombró a su padre, a Dalinor y a mi tío entre los ausentes y ambas sentimos cómo al cansancio se le unía un dolor indescriptible que iba mucho más allá de lo físico. Atendimos a los heridos, y enterramos a los muertos. Convocamos un funeral para todos los caídos por el Reino de Lux fueran humanos, elfos, enanos, u otros seres. No había distinción. La muerte se los había llevado a todos por igual. El campo de batalla se convirtió en un mar de mármol. Todo el reino se reunió en torno a sus héroes y poco después me proclamaron Señora de Ciudad del Muro y líder del Ejército de la Luz.
Pasaron los días. No comía y apenas dormía. Estaba obsesionada con Arnias. Quería acabar con él y provocarle todo el dolor que él había provocado a todo mi pueblo y a mí misma. Imaginé su muerte y me dio miedo la satisfacción que producía en mí. Sin embargo, no cesé en planear las muertes más ruines y despiadadas. Me pasaba días enteros practicando con la espada en la Sala de Armas con el mismo objetivo. Cada vez mi odio era mayor. Dejé de un lado mis deberes como soberana. Desoí a mi pueblo y eso no me lo puedo perdonar. Varias veces intenté salir a buscar a Arnias y enfrentarme a él y no descansar hasta verlo muerto. Me consumí en el odio y el deseo de venganza. A penas pensaba ya en mi tío, en Tánter o en Dalinor y Flamer. Ni siquiera me importaban los miles de muertos que habían caído defendiendo a su reino. El odio me cegó y eso me desesperó porque de nuevo me veía envuelta en aquello que detestaba: la oscuridad. Aquella situación no le pasó desapercibida a nadie y Kyra trató de recuperar a la Danna que había desparecido.
- Danna.
- ¿Qué quieres?- ya no me asustaba ni me hacía sentirme culpable escuchar mis propias palabras escupidas con tanta indiferencia y arrogancia.
- Llevo tiempo observando lo que pretendes y te estás equivocando.
- ¿A sí? ¿¡No me digas!? Al menos yo no me quedo aquí sin hacer nada.
- ¡Pero mírate! El odio te consume.
- Me ayuda a sobrellevarlo. No te preocupes por mí.
- No Danna. No te ayuda a sobrellevar nada. Ni siquiera te acuerdas de por qué vas a luchar ni de por quién. Lo único que te importa es acabar con Arnias. ¿Qué pasa con Tánter? ¿Qué pasa con tu tío y con mi padre y con Dalinor? ¿Qué ha sido de la Princesa que conocimos dispuesta a amar a todo un pueblo y a luchar por él? ¿Qué ha sido de tu amor por Tánter? Él no lo está pasando nada bien mientras tú estás aquí transformándote en un monstruo. Eres lo que Arnias quiere que seas. Así eres mucho más vulnerable y se hará contigo. Te doblegará a su voluntad porque nunca estarás a su altura. Tu tío no estaría orgulloso de ti si siguieras por este camino y no sólo perderías a Tánter. Déjame ayudarte, Danna. No quiero perderte. No podemos perderte.
- ¿Por qué has dejado que me convirtiera en esto?
Kyra no tenía respuesta para eso. Quizá ella misma hubiera pasado por lo mismo pero tenía una fuerza inquebrantable y esos pensamientos oscuros jamás echarían raíces en su corazón. Era algo que yo no había aprendido. Era demasiado débil. Siempre me había costado poco darme por vencida y tirar la toalla. Y eso me hacía darme asco a mí misma. Solté la espada que hizo un estruendo metálico que reverberó por toda la sala. Caí de rodillas al suelo y hundí la cara en mis manos. Lloré. Kyra seguía a mi lado, de pie. Yo había vuelto a mi forma totalmente humana para poder entrenarme sin ninguna ayuda y para aprender a emplear al cien por cien mi sentido auditivo. Quería prescindir al máximo de la vista. De alguna manera, no ver la expresión de disgusto de los míos me había endurecido.
- No merezco estar entre vosotros.- Noté cómo Kyra se acercaba a mí y se arrodillaba para mecerme entre sus brazos. Al principio lo hizo algo temerosa porque aún no sabía cuál iba a ser mi reacción, pero yo no reaccioné de ninguna manera. Me sentía sucia. Y sola. Muy sola. Pero ahora tenía a Kyra a mi lado. En realidad siempre había estado a mi lado, pero yo no lo había querido ver. No podía explicarme cómo había sucumbido a lo que siempre había detestado. Pero tampoco yo tenía respuesta. Abracé a mi amiga y lloré en su hombro.
- Perdóname Danna por haberte abandonado cuando más me necesitabas.
- No digas eso, Kyra. Tú siempre has estado ahí. He sido yo la que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Perdóname.
Kyra asintió en silencio y me apretó entre sus brazos.
- ¿Crees que ellos podrán perdonarme?- pregunté con esperanza aunque en el fondo me hubiera sentido mucho mejor si me hubieran desterrado de aquel lugar para no tener que volver a verme. No merecía su perdón, el perdón de mis amigos y de mi pueblo. Pero lo ansiaba. Lo necesitaba.
- No es necesario pedir perdón.- La voz de Oak sonó en toda su amplitud en la Sala de Armas y penetró en mi cuerpo como un bálsamo. Sentí sus manos en mis hombros e instintivamente alcé mi mano en busca de la suya. Necesitaba su calor. Y silencio para pensar con claridad. Para luchar contra mis monstruos y salir de la oscuridad de la que durante tanto tiempo me había alimentado. Pero no había tiempo. Tánter me necesitaba.
- Oak.
- ¿Sí mi niña?
- Necesito saber si hay un Octavo Símbolo.
- ¿Cómo?
- Durante mi enfrentamiento con Arnias llegué a la conclusión de que me quiere para conseguir algo de mayor poder. Y por lo que veo es el único que sabe o intuye que hay algo más. Y si no ¿por qué no acabó conmigo? Podría haberme arrebatado el colgante si lo hubiera querido. Pero me vio llamar a las Águilas, observó cómo me transformé. Comprendió que a él no le sería útil ese colgante y que sólo lo necesita para lograr su verdadero objetivo. Ha comprendido antes que nosotros que estaba en un error y que no era a mí o a mi colgante lo que buscaba. Ahora Tánter está en peligro porque yo soy importante para Arnias pero si se cansa de esperar, lo matará.
- Eso complica las cosas.- La voz de Oak sonó segura en medio de mis turbulentos pensamientos. Pero lo que dijo a continuación me pilló por sorpresa.- Pero nos da algo de ventaja. Si es como tú estás diciendo, Arnias no habrá estado perdiendo el tiempo y apuesto lo que quieras a que no ha mandado a sus secuaces a buscar el supuesto Octavo Símbolo porque es demasiado importante para él. Hemos de reunir a los herederos de los distintos pueblos y contraatacar. Robaremos los Símbolos e iremos a rescatar a Tánter.
- Todo eso suena muy bien Oak, pero no creo que funcione.- Interrumpió Kyra.
- Es cierto. Arnias es viejo pero no tonto. Lo tiene todo previsto y tiene todas las de ganar. Por lo que sabemos cuenta con seis símbolos pero aún no puede hacer uso de su poder porque no los ha conseguido todos ni tampoco a sabido descifrar su poder o ¿por qué si no?
- Verás Danna. En su juventud Arnias estudió con los sabios de Lux. Conocían la historia de estas tierras, sus leyendas, y la pacífica armonía entre sus habitantes. Pero también sabían que no duraría eternamente. Ya se había predicho la llegada de un ser tan ambicioso como poderoso que acabaría con la calma y se haría dueño y señor de Lux y para colmo alcanzaría la inmortalidad, si se hacía con los Símbolos de Poder del Reino. Todos supusieron que habría tantos como grandes ciudades hubiera en Lux, pero nunca se tuvo en cuenta la posibilidad de que hubiera más Símbolos.
- Pues, por lo que dices, parece ser que Arnias se perdió la parte en la que dijeron que alguien le derrotaría.- solté.
- ¿Y de quién se trata?- en la voz del mago se percibía sarcasmo y amargura a la vez. Si hubiese sido tan fácil las cosas no habrían llegado hasta aquel punto.
- Tánter- dije simplemente y sin meditar mis palabras. No sabía cómo había llegado a pensar eso. Quizá mis días de oscuridad me habían abierto los sentidos y me habían permitido reflexionar.- Tánter procede de una raza tan antigua como el propio Reino de Lux. Desde joven ha sido entrenado en numerosas disciplinas cuyo objetivo quedaba camuflado incluso para él, futuro Rey De los Elfos, Rey del Bosque. Se entrenó con mi tío en el arte de la magia, aprendió a camuflarse, a hablar la lengua de las distintas criaturas y a luchar a la manera de los mejores soldados. Siempre estuvo pendiente de mí porque sabía que nuestros destinos estaban unidos. De alguna manera sabía que yo le sería útil a la hora de terminar con Arnias. No soy más que un instrumento en esta guerra. Soy un arma. Yo controlo el aire. Soy Danna, Dama de las Águilas. Soy su complemento perfecto. Él controla la tierra. Además su sangre élfica le hace inmortal. Y es el ser que más ama esta tierra. Sólo ha fingido durante todo este tiempo ser un príncipe algo mediocre para despistar a Arnias que tenía su atención puesta en mí desde el principio. Y ahora está allí tratando de recuperar los símbolos. Eso le hará invencible.- Tras aquella reflexión en voz alta que había ido descubriendo a medida que hablaba me había dejado sin fuerzas y estaba ciertamente muy confusa. Me pregunté si Tánter sólo me había querido para acabar con Arnias o si realmente había sentido algo por mí. De repente me dolió el corazón. Sin embargo quería aferrarme a la idea de que yo significaba algo más que eso. El silencio que se había hecho entre nosotros empezaba a solidificarse y sentí que me ahogaba.
- No sé qué decir- pudo decir Kyra.
Oak seguía sumido en sus pensamientos. Al final logró decir:
- Ayudémosle a poner fin a la profecía.
Tras esto me di cuenta de que había estado todo el rato de rodillas. A penas las sentía aunque no era lo único que me parecía estar perdiendo. Además había logrado un espantoso dolor de cabeza que no me dejaba pensar con toda la claridad que requería el momento.
- Danna, tienes que descansar.
- ¡No! El tiempo no juega en nuestro favor. Si Arnias descubre a Tánter, no será muy difícil que lo someta y si no lo descubre, lo matará sin escrúpulos. Mi tío me contó en una de esas historias que tanto le gustaba contarme que los elfos son muy longevos y pueden conservar la belleza de su juventud, pero eso no significa que en un duelo mágico no puedan morir a manos de un semejante o un ser superior en destreza. ¿Recordáis la leyenda de Portria?
- No era una leyenda, Danna. Tu tío no te contaba cuentos. Eran historias que habían sucedido en Lux tiempo atrás. Portria era la madre de Tánter y murió asesinada por Arnias en un duelo mágico.
- ¿Por qué no lo hemos averiguado antes? Debemos ir a ayudarle. Él sólo no podrá conseguirlo. Necesitamos distraer a Arnias hasta que Tánter se haga con los otros símbolos. Oak, ¿podrás hacer un hechizo de teletransportación con Kyra?
- ¿No he conseguido convencerte todavía del alcance de mi magia?
No dije nada pero esbocé una sonrisa. El humor de Oak me hacía recordar los buenos tiempos.
- Kyra, antes de irte necesito que vuelvas a organizar un ejército.
- No hay tiempo para organizarlo y tampoco hay soldados dispuestos.
- Entonces irrumpiremos en la Torre de Riknor nosotros tres. Confiemos en ser la distracción adecuada.