Intro.
Mi nombre era Julia Evans. Un nombre corriente para una chica de diecisiete años que vivía con su tío Albert en una modesta casita en un pueblecito a las afueras de Londres, que iba al instituto de la ciudad de Herdfhorshire, quedaba con sus amigos para hacer los deberes y sacaba unas notas bastante buenas, modestia a parte. Los viernes por la tarde iba de compras con sus mejores amigas: Alice y Linda y por la noche salían al pub con John, su mejor amigo desde antes de que tuviera uso de razón.
Te preguntarás qué tiene esto de especial y te puedo asegurar que nada. Sin embargo, cuando menos te lo esperas tu vida da un giro radical y comienzas a comprender lo que el destino tiene preparado para ti por insignificante que te creas.
Te diré que mi nombre es Danna, que siempre lo ha sido y siempre lo será.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Capítulo 1. Los cuervos.
Después de una ajetreada noche llena de bailes y risas, me despedí de Alice y de Linda y John me acompañó a casa.
Normalmente no me molestaba el silencio que se producía entre nosotros pero aquella noche era distinto. Era consciente de que unas horas antes había estado a punto de decirle lo que tan desesperadamente necesitaba y deseaba. Lo había ensayado cientos de veces. Había preparado mil y una formas distintas de decírselo; pero no me había decidido a dar el paso porque tampoco sabía con certeza si John sentía por mí lo mismo que yo sentía por él. Siempre se había mostrado reservado en ese aspecto. Cuando intuía que sobrepasaba el límite de la amistad se echaba atrás y era probable que desapareciera de mi vida durante algunos días. Pero yo no cesaba de preguntarme cuál era ese límite que él tanto temía rebasar. Nos conocíamos desde hacía años y él siempre lo había significado todo para mí. Era mi guía. Por eso mismo yo no quería precipitarme. No quería que nuestra amistad se estropeara. Así que, tratando de quitarme esos pensamientos de la cabeza que no hacían más que ahondar en esa herida que realmente nunca se había producido pero que sangraba igualmente porque era algo que, visto lo visto, nunca alcanzaría, me puse a rebuscar nerviosamente en mi bolsillo y saqué las llaves de la puerta principal. Cuando noté su mano en la mía sentí que si no hacía algo explotaría.
- Descansa, princesa ¿vale?
Asentí mientras John abría la puerta; pero al notar que empezaba a sonrojarme más de la cuenta me escabullí tras ella. Esperé apoyada en la pared y le oí alejarse. Su imagen se dibujó clara en mi mente. Un muchacho tímido, con una voz cálida, siempre dispuesto a protegerme de todo lo que pudiera hacerme daño, que ahora caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha reprendiéndose por haber vuelto a transgredir el límite. Ése era el lugar en el que todo podía ocurrir: mi imaginación. Intenté retener su imagen pero un ruido en la habitación de Albert me hizo volver a la realidad. Entré lo más sigilosamente posible a la cocina para no despertarle; aunque intuía que aquel ruido tan oportuno no lo había producido el aire. Dejé mi bastón en la entrada y me senté. Inconscientemente me llevé las manos a mi colgante. Estaba verdaderamente cansada. Cerré los ojos un momento aunque nada cambiaría; ya que mi mundo era oscuridad y los recuerdos se me echaron encima.
Vivía allí desde muy pequeñita porque mis padres no se podían hacer cargo de mí. Según lo que me contaba Albert, mis padres trabajaban mucho en las afueras de la ciudad; así que sólo venían a verme los fines de semana que podían. Yo lo asumí y el fin de semana que venían yo era la niña más feliz del planeta. Sobre todo, cuando me prometieron que pronto nos trasladaríamos a un lugar más cercano a su trabajo. Sin embargo, el resto de la semana se hacía bastante insoportable a pesar de los esfuerzos de mi tío por mantener mi sonrisa. Pero él mismo sabía que aquello no podía durar mucho y en cuanto empecé a hacer preguntas un poco más serias, hizo todo lo posible por evitarme. Entonces entró John en mi vida, aunque realmente era como si lo conociese desde siempre. Todos los días, después de clase, nos íbamos al río, su lugar preferido, a observar cómo los pajaritos removían la tierra húmeda en busca de lombrices que llevar a sus polluelos, o simplemente a admirar las mariposas de bellos colores, los caballitos del diablo y todos los seres que parecían querer enseñarnos sus costumbres. Me sentía como una verdadera princesa. Incluso, recuerdo que me quedaba embobada con las historias que me contaba sobre elfos, duendes, hadas, gnomos, ciervos parlanchines, magos y cuervos malvados. Era un genio contando historias de ésas. Pero todo cambió el verano de 1998.
No me gustaba recordar aquello pero, a veces, era inevitable que algunas escenas difusas de aquel día invadieran fugazmente mis recuerdos. Lo que más me asustaba era que cada día recordaba algún detalle nuevo. La psicóloga del colegio se había pasado muchas horas intentando que yo sacase algún beneficio de aquellas soporíferas sesiones y siempre me repetía que cuanto antes me enfrentara a mis miedos antes los superaría. Así que me propuse intentarlo aunque el esfuerzo era inmenso.
Sucedió unos días antes de que mis padres vinieran a buscarme. Íbamos a celebrar mi cumpleaños por todo lo alto. Acababa de cumplir ocho años. Me sentía toda una mujer pero aquella alegría no tardó en abandonarme. No recuerdo exactamente cómo pasó pero el mundo que tanto me gustaba admirar se esfumó en unos instantes. El caso es que la tarde que Albert eligió para contarme algo muy importante en el bosque, yo había discutido con John. Recuerdo que yo le había dado la mano y él se había puesto muy tenso. Yo no quería ofenderle ni nada por el estilo, pero el hecho de no poder manifestar abiertamente lo que yo entendía por amistad me frustraba y sacaba lo peor de mí. No le vi en todo el día. Supuse que Albert me diría algo relacionado con John pero yo estaba enfadada y no estaba dispuesta a escuchar a nadie. Mi amigo tendría que disculparse. Pero Albert me dijo que había algo más.
Aquello despertó mi curiosidad y accedí. Supuse que sería una charla larga porque mi tío se quedó en silencio durante un rato que a mí me pareció eterno, como intentando elegir con cuidado las palabras que emplearía para decirme eso que era tan importante. Justo cuando parecía que empezaba a hablar, nos sorprendió una bandada de cuervos. Yo los contemplaba fascinada pero mi tío se mantuvo muy tenso. Yo no podía entender por qué se comportaba de aquella manera. Se acercó al que parecía más grande y lo estuvo contemplando largo rato. Recuerdo cómo se miraban. Era como si se entendieran, como si hablaran un mismo lenguaje. Después de un rato mi tío empezó a decirme que corriera a casa porque se le había olvidado la cartera para comprarme el helado que me había prometido. Le obedecí y eché a correr. No quería quedarme sin helado. Sin embargo, cuando ya podía ver la casa de mi tío en la lejanía, me quedé sin aliento. Había corrido con todas mis fuerzas y me había entrado flato. Paré en medio del camino y me agaché. Me estaba mareando.
Entonces, oí un graznido y levanté la vista. Un cuervo me miraba desde lo alto de un árbol retorcido. Es cierto que esos animales pueden provocar desconfianza por el color negro de su plumaje negro como la misma noche; pero había algo en aquel pájaro que me atraía. Me acerqué para verlo mejor y en cuanto lo tuve bastante cerca, esa atracción se convirtió en un sentimiento de pena. Sus plumas estaban descoloridas como si tuviera canas y sus ojos eran de un extraño color amarillento. Me pareció muy viejecito y pensé que si se dejaba coger se lo llevaría al tío para que lo cuidara porque a él se le daban muy bien esas cosas. Sin embargo, cuando lo tuve suficientemente cerca, el cuervo clavó sus ojos en los míos y vi cosas horribles.
Era como si de pronto me hubiera sumergido en una terrible pesadilla. Vi pueblos arrasados, cadáveres ensangrentados esparcidos por la tierra, a John lejos de mí y un rostro, un rostro demacrado de ojos amarillentos que me heló la sangre. Pero ese mismo rostro me permitía estar junto a mis padres y yo podía verme feliz junto a ellos viviendo la vida que según me había enseñado Albert “las circunstancias” nos habían negado. Alcé los brazos en un vano intento por agarrarme a ellos para retenerlos a mi lado pero un grito me hizo salir de aquella visión que me había hecho perder la noción del tiempo y vi que mi tío llegaba corriendo y con cara de preocupación. Recuerdo que fue entonces cuando un rayo de luz golpeó de lleno al cuervo que graznó de dolor y salió disparado por los aires. Yo no sabía que hacer. Me había quedado totalmente bloqueada. Ése fue mi error. Para cuando reparé en el segundo rayo de luz, el pajarraco se había recuperado y, sustentado en el aire, lo esquivó con facilidad. En una fracción de segundo en la que no fui capaz de reaccionar, vi cómo el ave se lanzaba hacia mí a una velocidad de vértigo.
Después dolor.
Aquel pico se clavaba con extraordinaria intensidad en mis ojos. Grité con todas mis fuerzas como si de esa
manera se disipara parte de aquel insoportable dolor. Noté cómo la sangre caliente se escurría por mis mejillas. A pesar del dolor forcejeé con él porque noté sus garras en mi pecho ansiosas por encontrar aquello que andaban buscando. De alguna manera sabía que aquel ser quería algo de mí, algo que yo mantenía como el nexo entre mi madre y yo, el único recuerdo que tenía de ella.
Se trataba del colgante que mi madre me había regalado para que nunca la olvidara, que ahora estaba ardiendo y me quemaba la piel a la que estaba prácticamente pegado como si fuera parte de ella. Luché para mantenerlo junto a mí porque era lo que me permitía estar junto a ella aún en la distancia. Intenté deshacerme del cuervo pero su fuerza era descomunal. Cerré los ojos con toda la fuerza que pude para tratar de ahuyentar la visión de aquellos ojos amarillentos que seguía haciendo eco en mi memoria y para evitar que aquel animal me siguiera picando en los ojos. Sin embargo, el dolor y las ganas de poder refugiarme en el recuerdo de mis padres se apoderaron de mí y de alguna forma me dieron fuerzas para seguir luchando. Entonces noté cómo una mezcla de sentimientos contradictorios crecía en mi interior y trataba desesperadamente de salir al exterior. Aquella situación me tenía aturdida pero sabía que no podía tardar mucho más en reaccionar; así que cuando creí que estallaría por toda la presión que ejercían sobre mí la rabia y la frustración, cuando noté que ya no las podía contener más las dejé salir. Lo que pasó después tardé en asimilarlo. Es más, sigo sin creer que aquello sucediera en realidad pero sé que pasó y eso me aterra.
El colgante había alcanzado una temperatura terrible que me abrasaba y a mi grito liberador desprendió una especie de onda de energía que lanzó al cuervo a gran distancia. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que había provocado todo aquello? No tuve mucho tiempo para responderme porque enseguida me sobrevino un intenso dolor en los ojos.
Grité con todas mis fuerzas. Intenté abrir los ojos pero no vi nada. Me escocían horriblemente. En lo único en que podía pensar era en mis padres. Necesitaba sus brazos a mi alrededor. Necesitaba sus palabras. Los busqué a tientas pero no los encontré. Chillé su nombre pero nadie me respondió; en su lugar oí unos gemidos desesperados y entonces comprendí que aquellos gemidos podían ser de Albert y que probablemente alguien o algo lo había amordazado. Sin embargo, una sucesión de sonidos inexplicables me indicaron que mi tío había logrado salvarse, porque enseguida oí cómo se acercaba a mí y me abrazaba intentando consolarme.
Entonces un escalofrío me recorrió la espalda cuando oí un graznido ensordecedor. Me agarré con fuerza a la camisa de mi tío empapada en sudor, como si así dejara parte de mi dolor en ella. Nunca antes había rezado pero en aquel momento me concentré y rogué no sé a quién que nos sacara de allí. Creí oír una voz que me respondía pero lo que en realidad escuché fue la voz de mi tío Albert que se alzaba potente para tapar los graznidos de cientos de cuervos que se iban instalando en el árbol más cercano para proteger al cuervo de ojos amarillentos.
- ¡¡Arnias!! Tus trucos no nos asustan- gritó mi tío a los cuatro vientos como si quisiera hacer llegar su voz a miles de kilómetros de distancia.- Has caído muy bajo anciano; ya ni siquiera te enfrentas personalmente sino que mandas a tus asquerosos bicharracos para que hagan el trabajo sucio.
Entonces, algo pasó silbando a nuestro lado a la velocidad del rayo y tras un ruido como de succión un graznido desgarrador dio paso al silencio más absoluto. Unos segundos después, los enloquecidos graznidos y el intenso batir de alas de cientos de cuervos que se preparaban para lanzarse contra nosotros rompieron aquel denso silencio. Agarré con fuerza el colgante que aún estaba en mi pecho y un sonido nuevo tapó el chillido de los cuervos.
- ¡Las Águilas!- gritó mi tío esperanzado. Los ojos seguían escociéndome y tenía tal dolor de cabeza que me derrumbé. Lo último que escuché fue el ensordecedor estruendo que provocó el encontronazo entre las aves. Ahí acabó todo para mí.
Pasé unos días en el hospital con una venda en los ojos. Cuando desperté, al quinto día, después de haber soñado con aquellos ojos amarillentos y ese rostro demacrado, no recordaba ni quería recordar la terrible experiencia. Es más tenía la esperanza de que todo hubiera sido eso: una amarga pesadilla. Sin embargo aquella venda era la prueba definitiva. Instintivamente me llevé una mano a la venda y me la quité. Aún podía distinguir los colores; pero las formas no eran más que contornos borrosos. Me preparé para lo peor. Aquella pesadilla iba recobrando una dimensión real. Lentamente dirigí una mano al pecho y allí lo noté. El relieve del colgante de mi madre se había grabado a fuego en mi piel dejando una marca indeleble.
En ese momento la pesadilla se convirtió en mi única realidad pero tenía la sensación de estar viviendo algo que no me correspondía. Pensé en mis amigas, Alice y Linda, y en lo que estarían haciendo en aquel momento. Quizá estuvieran tomando unas tostadas junto a sus padres viendo las series de dibujos animados o quizá ya habrían quedado para salir a jugar al bosque donde tantas veces habíamos compartido aventuras inimaginables… Aquel pensamiento me dejó un sabor muy amargo. Pensé en mis padres y en por qué se habían olvidado de mí de aquella manera. Pregunté a mi tío por qué tardaban en venir y él me daba largas. Me decía que me habían visitado mientras yo estaba inconsciente pero que habían regresado a la ciudad para terminar unos asuntos pendientes y luego venir a recogerme y vivir juntos para siempre como una familia normal. Pero no sería así y yo lo sabía.
Los odié con todas mis fuerzas y deseé no haberlos esperado tanto tiempo. Tuve la esperanza de que en cualquier momento me quitaran la venda y me dijeran: ¡Sorpresa! Pero eso nunca sucedió y los odié aún mucho más. E incluso me odié a mí misma por pensar aquello. Así que desde aquel momento no volví a pensar más en ellos. Me resigné a no esperarlos. Entonces cuando creía que ya no podía perder nada más, los médicos me dijeron que me quedaría ciega. Ya me había hecho a la idea pero no sé cuánto tiempo estuve llorando. Aquel mismo fin de semana mis padres murieron pero no me quedaban lágrimas para ellos. Mi tío observó mi actitud e intentó convencerme de que mis padres me querían como nadie y que lo habían dado todo por mí, pero había cosas que no me podía contar todavía porque no tenía la edad. A mí me daba igual. No quería escucharle. Llegó a inventarse historias tan ridículas como la de que eran unos auténticos amantes de la naturaleza e iban a ir a una importante Asamblea en Londres para evitar el trasvase del río que pasaba por Herdfhorshire y la “consecuente devastación de su hábitat”, como él decía; y que en el camino de vuelta habían sufrido un accidente. Yo seguía sin creerle y lo que es peor, empecé a odiarle a él también. Cuando venía por las mañanas yo le daba la espalda y fingía estar dormida para no tener que escucharle. Me prometí no hablar con él nunca más acerca de aquella experiencia.
Entonces, uno de esos días de pesadilla, John apareció de nuevo. Lo cierto es que yo no tenía ningún interés de hablar con nadie, pero era consciente de que le necesitaba a mi lado. Él siempre había estado a mi lado. Era mi amigo y yo no quería perderle. A él no. Recuerdo cuando entró en la habitación con aire abatido. Ver su cara me reconfortó. Siempre había sido capaz de sacarme una sonrisa en los momentos más difíciles y ahora era consciente del reto al que se enfrentaba. Hacerme reír de nuevo. Me torturé mucho por no volver a sentirme capaz de reír pero él supo comprenderlo. Se disculpó por haber desaparecido tan repentinamente, pero yo le dije que en aquel momento no tenía ninguna importancia. Lo que me daba fuerzas era tenerlo conmigo de nuevo.
La relación con mi tío se deterioró, a penas hablábamos y yo procuraba estar en casa el menor tiempo posible. Ambos éramos conscientes de que hacíamos lo imposible por evitarnos.
A cambio, John y yo nos hicimos inseparables y eso era lo único que tenía valor para mí. Pasábamos largos ratos juntos hablando y de esa manera yo podía olvidarme por un momento de mi asquerosa vida. John se esforzaba por hacerme ver que mi tío no merecía que yo le tratara con aquella indiferencia y cuando llegábamos a aquel punto era yo la que desaparecía de su vida por unos días. Supongo que fue el paso del tiempo lo que me hizo madurar y darme cuenta de que John tenía razón, pero por mucho que me esforzase las cosas nunca volverían a ser como antes.
La noche de acción de gracias me quedé observando a mi tío en la cocina. Trataba de rellenar un pavo y lo hacía penosamente. Entonces, sentí la imperiosa necesidad de fingir que éramos una familia. Me sentía incapaz de aguantar la situación que había durado tantos años. Por primera vez en mucho tiempo fui consciente de su fragilidad y de su mirada. Sabía que no podría arreglar lo que con tanto esmero me había esforzado por destruir; pero no pedía nada más que volver a oír su voz. Me acerqué a él y sin una palabra me puse a ayudarle con aquel pavo. Poco a poco empezamos a hablar pero siempre evitábamos “el tema”. Aquello nos bastó para volver a empezar aunque con ciertas reservas. Me contenté con eso y noté cómo mi vida volvía a reestructurarse de nuevo. Me centré en mis estudios y en mis amigos y trataba de hacer lo posible por olvidar lo que tanto daño me había hecho. Sin embargo, en mi necesidad de tener una familia me permití un único vínculo con el pasado. Había estudiado la posibilidad de deshacerme del colgante de mi madre; pero cuando estaba sin él me sentía horriblemente vacía. Así que decidí mantenerlo a mi lado.
- ¿Julia?
Me sobresalté. Me había quedado dormida recordando todo aquello. No quería que mi tío viera que había estado llorando inconscientemente. A pesar de que nos estábamos recuperando yo seguía firme en mi propósito de no recordar nada que tuviera que ver con los cuervos. Además tampoco quería mostrarme débil. Quizá era a mí misma a la que necesitaba demostrar que ya no era débil y no a mi tío pero de alguna forma funcionaba.
- Estoy aquí. Ya me voy a la cama- dije secamente.
Subí las escaleras con mucho cuidado para no alarmarle porque no quería que me atosigara con un interrogatorio de “padre preocupado".
- ¿Has bebido?- me preguntó cuando pasé de largo por la puerta de su habitación.
Me permití el lujo de resoplar ante aquel comentario y omitir cualquier respuesta. Estaba demasiado cansada y no me apetecía seguirle la corriente y empezar a discutir.
- Lo digo porque cuando te despiertes mañana tendrás ya los dieciocho y podrás beber a gusto.
Me reí sonoramente ante aquel comentario. Intenté que sonara amargo pero no sé si notó todo lo que me molestaban aquellas opiniones. Así que me fui dando tumbos hasta mi habitación, mi refugio. Sin quitarme siquiera la ropa, me tumbé en la cama y noté cómo mis párpados se iban cerrando lentamente dejando a su paso un leve escozor en mis ojos.


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